LAS SETENTA SEMANAS DE DANIEL



“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Daniel 9: 24-27)

Introducción


Las promesas que Dios dio a Abraham, fueron para Israel, y consecuentemente también para la Iglesia. No obstante, existen muchas promesas dadas por Dios que sólo conciernen a Israel, y no a la Iglesia, como por ejemplo todo lo implica acerca del territorio, la Tierra que Dios prometió a Abraham, y muchos otros aspectos, de los cuales no tenemos espacio para tratar en este artículo.

Sabemos por la Palabra, que Dios tiene un tiempo reservado exclusivo para Israel y para Jerusalén, y que es de siete años (Dn. 9: 27). Este será el tema de estudio de este artículo, el cual desarrollaremos a continuación, y que nos ayudará, de paso, a entender varias cosas:
Cuál es el futuro de Israel.
Qué debe la verdadera Iglesia esperar de parte de Dios.
Qué pasará con este mundo como lo conocemos hoy.

1. Daniel, el hombre de Dios


A pesar de la infidelidad manifiesta de Israel a lo largo de su existencia, Dios siempre en su misericordia, permitió que se levantaran hombres que se pusieran en la brecha, intercediendo por el pueblo de Dios u obrando a favor de él. Tal es el caso de Moisés, muchos de los Jueces, profetas, etc. Uno de esos hombres, fue sin duda Daniel.

El Señor, después de haber dado a su pueblo muchas oportunidades de arrepentimiento, fue deportado a Babilonia. Nabucodonosor, rey de Babilonia, conquistó Jerusalén en el 606 antes de Cristo, y volvió a casa con un grupo de cautivos regios (Dn. 1: 3, 4), entre ellos, un joven llamado Daniel. Estos cautivos judíos fueron entrenados en toda sabiduría pagana de modo que pudieran servir como buenos consejeros reales.

Daniel se distinguió por su carácter ejemplar, sabiduría y grandes dones proféticos que Dios le concedió por su fidelidad. Como resultado de todo ello, aun y siendo cautivo, fue elevado a una muy alta posición en el imperio babilónico (Dn. 2: 48)

Pero Daniel, fue más grande todavía que eso, porque era fiel a Dios. Allí en tierra extraña, ese varón oraba cada día siempre tres veces al día, a pesar de la prohibición satánica impuesta a través de los gobernantes impíos (Dn. 6: 10-13). Esto casi le cuesta la vida, pero Dios supo librarle.

“Representación de Daniel a salvo en el foso de los leones”

Su oración era constante de gratitud e intercesión por el pueblo cautivo. Pero Daniel no sólo era constante en la oración, también, a diferencia de una inmensa mayoría de ministros de hoy en día, conocía los tiempos, porque conocía y creía a la profecía. Leemos así en el libro que lleva su nombre:

“En el año primero de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos, en el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años” (Daniel 9: 1, 2)

En el año 538 a. C., Daniel, estando él en oración (Dn. 9: 20, 21), clamando a Dios por la liberación de los opresores de Su pueblo, y faltando apenas dos años para que se cumplieran los setenta años de cautiverio profetizados por Jeremías (Ver Jer. 25: 11), el arcángel Gabriel se le presentó en persona, con un mensaje importantísimo de parte de Dios (ver. Dn. 9: 20-23).

Gabriel le explica en voz audible, que había sido enviado para darle sabiduría y entendimiento sobre acontecimientos que iban a producirse en el futuro (Dn. 9: 22). La razón primera que aduce Gabriel para justificar ese proceder, era porque Daniel era muy amado (Dn. 9: 23; 1 Co. 2: 9) Démonos cuenta que la razón de ser tan querido Daniel por parte del Cielo, era a causa de su amor por Israel, y de su oración constante por el pueblo de Dios. Ese es un ejemplo a seguir.

2. Daniel y Gabriel y las Setenta semanas de años


Daniel experimentó en ese momento, lo que muy pocos hombres han experimentado en sus vidas, y nosotros somos también bendecidos a causa de leer lo que ocurrió, y de entender también, y quizás mejor que el propio Daniel dada nuestra avanzada posición en la historia, y por tanto mejor perspectiva, “la orden y la visión” de Dios(Dn. 9: 23)

Cuando ya estaba a punto de cumplirse el plazo del tiempo del cautiverio, Dios envía al atalaya Daniel una revelación impresionante por mediación de un arcángel. Esa revelación profética se llama de las Setenta Semanas (leer Daniel 9: 24-27), y nos ayudará tremendamente a entender de forma precisa los tiempos, y la actuación de Dios sobre Israel y Jerusalén.

Empecemos pues a prestar atención a lo que Gabriel literalmente le dice a Daniel, y estudiémoslo parte por parte.

(Dn. 9: 24) “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos”

Gabriel le dice de parte de Dios a Daniel, principal de Israel en esos momentos, que existe un periodo de tiempo determinado para cumplirse con referencia a Israel (el pueblo de Daniel), y Jerusalén (la santa ciudad de los judíos y su capital).

No perdamos de vista este enfoque: Judá y Jerusalén.

En ese espacio de tiempo, el cual estaremos analizando en un momento, deberán ocurrir una serie de cosas en relación a Israel. En concreto seis. Veamos:

1) Deberá terminar la prevaricación. Este fin de la prevaricación lo entendemos como un acabar con la desobediencia a lo mandado por Dios; en un fin de la rebelión. Entendiendo que Gabriel no se está refiriendo al mundo, sino a Israel y a Jerusalén en cuanto a esto.

2) Se pondrá fin al pecado. Otra vez, eso se refiere a Israel y a Jerusalén. El pecado (anomia en gr.) que lo definimos como desorden en el sentido de rechazo de la Ley, o de la voluntad de Dios; como iniquidad; como saber hacer lo bueno, y no hacerlo (1 Juan 3: 4; Stgo. 4: 17). La diferencia entre el punto anterior, “prevaricación”, y este, “pecado”, es que el primero tiene que ver contrasgresión, es decir, con infracción de la Ley, mientras que el pecado tiene que ver con el rechazo de la voluntad de Dios, vivir de espaldas a Dios, con la “disposición mental que lleva al pecador a hacer la propia voluntad en oposición a la de Dios” (1)

Llegará un día en el contexto de las Setenta Semanas, que para Israel se terminará la prevaricación, y se pondrá un fin al pecado (ver Romanos 11: 26, 27)

3) Se expiará la iniquidad. La iniquidad como tal, es la injusticia. Es la condición de no ser recto, ya sea en relación con Dios, en base a su norma inamovible de justicia y santidad (2)

Cristo dio su vida por todos los hombres; por los judíos, y por los gentiles. La iniquidad, que no es sino la maldad, fue vencida por la sangre de la Cruz; es decir, por la justicia de Cristo. En cuanto a Israel este mensaje de hace 2000 años atrás, llegará a calar como individuos y nación, y traer el consiguiente fruto de arrepentimiento, perdón de pecados y vida eterna. Ese será el Gran Avivamiento que sí está profetizado en la Palabra (ver Zac. 12: 10; 13: 1; Romanos 11: 25-27, etc.).

4) Se traerá la justicia perdurable. Esa justicia que dura y dura, es la eterna. La pregunta es, ¿existe ese tipo de justicia en el mundo hoy en día? Es evidente que no. Por la Palabra expresada por Gabriel, sabemos que al término de las Setenta Semanas, empezará esa justicia eterna sobre Israel y Jerusalén; y sabemos por Apocalipsis 19 y 20, que sobre el mundo entero; lo que la Revelación de Jesucristo que Dios le dio (Ap. 1: 1), denomina el Milenio (Ap. 20: 4c; ver Jer. 23: 5, 6; Is 11: 9; Hab. 2: 14 etc.)

5) Se sellará la visión y la profecía. De hecho esa verdadera visión de Dios y su consiguiente profecía, ya están selladas. Eso significa que Dios ha puesto Su sello inamovible, y que lo declarado tiene perfecto y cabal cumplimiento, teniendo nosotros un conocimiento más amplio de ello por la Revelación dada por Juan, en el libro conocido como Apocalipsis, donde se nos narra allí“las cosas que deben suceder en breve” (Ap. 1: 1b)

La visión y la profecía selladas, también tiene el sentido de ser “cerradas, o sea, sus funciones tendrán su fin, pues todo se habrá cumplido” (3)

6) Se ungirá al Santo de los santos. Esta expresión no es clara, porque Kodesh Kodashim en hebreo, significa en español, tanto “Lugar Santísimo”, como “Sumo Sacerdote”. Pero dado el contexto, se está refiriendo a la futura unción del Lugar Santísimo en el templo del Milenio en Jerusalén, “como señal del regreso de la presencia de Yahweh para morar de nuevo en medio de Su pueblo”(4)

Escribe MacArthur al respecto:

“Se refiere a consagrar el Lugar Santísimo en un templo futuro que será el centro de adoración en el reino milenario (Ez. 40-48)”

3. Las Setenta Shabuim (Daniel 9: 24-27)


Ahora bien, ¿qué significan esas Setenta Semanas? En primer lugar, debemos prestar atención al término “Semanas”. La palabra hebrea es Shabuim, que es el plural de Shabua, que lo podríamos traducir por “un grupo de sietes”.

Nuestra “semana” consta de siete días, pero en el hebreo, existen semanas no sólo de días, sino de meses y de años. Así pues, esas “Setenta Shabuim”, tanto pueden ser de días, como de meses, como de años.

Dado el contexto y el sentido de lo declarado por Gabriel, sólo podemos atribuir el valor de esas Setenta Shabuim o Semanas, como de años; setenta semanas de años. Es como si cada “día” fuera en realidad un año, por lo tanto serían 490 años.

Escribe C.I. Scofield:

“Estas son “semanas” o, de manera más exacta, septenios de años: setenta semanas de siete años cada una. En el tiempo de estas “semanas” el castigo nacional sobre Israel habrá de terminarse y esta nación será restablecida en la justicia perdurable (v. 24)”

Así pues, en términos aritméticos sencillos, 70 X 7= 490 años.

Llegamos a la sencilla conclusión que son 490 años los determinados por Dios para que se cumplan los seis puntos expuestos con anterioridad.


Tres periodos para los 490 años


Vemos también que estas setenta semanas de años, se dividen en tres períodos especificados:

1. Siete semanas: 49 años
2. Sesenta y dos semanas: 434 años 
3. Una semana: 7 años

a) En el período de siete semanas (49 años), Jerusalén fue reedificada “en tiempos angustiosos”. Esto tuvo su cabal cumplimiento, conforme a la profecía, y fue atestiguado y relatado por Esdras y Nehemías.

b) Sesenta y dos semanas de años más tarde (434 años), el Mesías vino a los suyos (v. 25)

c) Los siete años restantes (la última shabua) todavía tiene que cumplirse.

Ahora bien, la pregunta es, ¿Cuándo empezaron esos 490 años? Eso nos lleva al versículo siguiente.

De la orden de reconstrucción de Jerusalén a la manifestación del Mesías


(*) (Cálculos según Sir Robert Anderson, corregidos por un trabajo posterior del Dr. Harold W. Hoehner)

(Daniel 9: 25) "Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos"

El arcángel Gabriel le insiste a Daniel que sepa y que entienda que hay un periodo en esos 490 años, concretamente de siete shabuim y sesenta y dos shabuim, a partir del momento en que se dé la salida de la orden para restaurar y edificar Jerusalén.

En el momento en que Daniel está escuchando a Gabriel, el pueblo de Dios estaba cautivo en Babilonia, no olvidemos eso. Faltaban sólo dos años para que se cumplieran los setenta años de cautiverio profetizados por Jeremías, por lo tanto, Daniel comprendió perfectamente de qué estaba hablando Gabriel.

Dos años más tarde de la conversación de Gabriel con Daniel, Ciro rey de Persia, cumpliendo con la profecía de Isaías (Is. 45: 1-7) conquistó Babilonia, y acabó con el imperio caldeo. Así que fue en el 536 a. C. también, que Ciro el Persa dio orden para que se empezara a reconstruir el templo en Jerusalén (véase Esdras 1: 1-3; 2 Crónicas 36: 20-23), pero esa no fue la orden para “restaurar y edificar a Jerusalén”.

Esa orden, y consecuentemente, el punto de partida del inicio de las Setenta Shabuim, la dio Artajerjes Longimano, rey de Persia años más tarde, en concreto en el 444 a.C.

Ese decreto ordenante fue dado de acorde a Nehemías 2: 1 y ss., en el mes de Nisán del año vigésimo de su reinado. El primero de Nisán del año veinte del rey Artajerjes, el 5 de Marzo del 444 antes de Cristo. Así pues, ya sabemos el momento de inicio de esos 490 años o Setenta Shabuim.

“Complejo del templo”

"…hasta el Mesías Príncipe…". Aquí acaba el periodo de las siete y las sesenta y dos shabuim respectivamente. En un momento veremos en detalle acerca de ese periodo de tiempo tan misteriosamente presentado, pero, ¿qué significa “hasta el Mesías Príncipe”?

Evidentemente ese Mesías Príncipe es Jesucristo. Y el momento exacto del cumplimiento de ese tiempo, fue cuando Jesús de Nazaret se mostró públicamente como el Mesías esperado, pero que a la postre fue rechazado.

Por ello, Jesús se lamentó (no por él, sino por ellos), y podemos leer en Lucas 19: 41-44 cual fue ese lamento, especialmente el que vemos en el versículo 42, donde dirigiéndose a Jerusalén textualmente dijo: "¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!". Justamente, ese fue el día de la manifestación del Mesías Príncipe. Ese día fue el 10 de Nisán (el 30 de Marzo del 33 d.C.), comúnmente llamado Domingo de Ramos, y se cumplían precisamente las siete shabuim y las sesenta y dos shabuim, que hacen un total de 483 años lunares. Pero veamos más de cerca esas cifras.

Las siete shabuim y las sesenta y dos shabuim


En principio pues, tengamos claro que las Setenta Shabuim, es decir los 490 años determinados sobre el pueblo de Daniel y Jerusalén (9: 24) empezaron con aquella orden dada por el rey persa Artajerjes I en el 444 a.C.

Entonces Gabriel dice que deberían pasar siete semanas de años y sesenta y dos semanas de años (shabuim) hasta el Mesías Príncipe, es decir, el día mencionado de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén y su lamento sobre la ciudad (Lc. 19: 28-44)

¿Por qué Gabriel hace una diferenciación de dos periodos de tiempo, es decir, siete semanas de años por una parte, y sesenta y dos semanas de años por otra?

Las siete semanas de años, son efectivamente 49 años: 7 X 7= 49. En esos 49 años, se levantaron la plaza y el muro de Jerusalén, y fueron tiempos especialmente angustiosos. Al término de esas siete shabuim (49 años), acaba el periodo veterotestamentario (A.T.), en tiempos del libro de Malaquías.

Seguidamente empezaron las sesenta y dos shabuim, atravesando todo el periodo intertestamentario, y llevándonos hasta el Mesías Príncipe manifestado entrando triunfante en Jerusalén (Lc. 19: 28-44)

62 X 7= 434 años.

Así que, si nos damos cuenta, de todo ese periodo de tiempo, Gabriel enfatiza dos cosas: La reconstrucción de Jerusalén, y la manifestación mesiánica de Jesús de Nazaret.

Recapitulando, tenemos ante nosotros la suma de las siete shabuim, más las sesenta y dos shabuim: (7 X 7) + (62 X 7) = 483. Estos son los años que ya transcurrieron para Judá y Jerusalén, es decir, sesenta y nueve shabuim. Sesenta y nueve, uno menos de setenta.

Si leemos el libro de Nehemías, podremos entender más acerca de los tiempos angustiosos edificando la plaza y el muro de Jerusalén. ¡Cómo Dios lo tiene todo sabido y bajo Su perfecto control!

Así que, tengamos lo siguiente claro en la mente: De los 490 años (setenta shabuim), hasta el momento ya se cumplieron 483 años (Dn. 9: 25). Siempre años lunares.

Después de los 483 años (69 semanas de años)

"Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí…"

Ahora bien, justo después de cumplirse las sesenta y dos semanas de años, y para que no nos quede ninguna laguna por el medio, Gabriel anuncia algo casi misterioso para Daniel, pero que para nosotros ha sido el motivo de nuestra salvación: Al Mesías se le quita la vida. Ese es el cumplimiento de la muerte expiatoria de Jesús en la cruz del Calvario, lo cual ya estaba previsto desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1: 19, 20)


Haciendo cálculos aritméticos


La visión dada a Daniel habla de un total de 490 años (años no de 365 días, es decir solares, sino lunares, de 360 días).

Para ver cómo encaja a la perfección el tiempo ya transcurrido del cumplimiento de esas Setenta Shabuim, hagamos un cálculo sencillo. Desde el 5 de marzo del 444 a. C., fecha de la orden dada para reconstruir Jerusalén, hasta la manifestación del Mesías Príncipe, Yeshua Ha Mashiach, el 30 de Marzo del 33 d. C. es decir, el día 10 de Nisán, vemos que pasaron 173.880 días. (Hay que tener en cuenta que al calcular la duración en años entre una fecha a. C, y otra d. C. es de sólo un año, no dos, ya que el año 0 a.C. no existe.

Para quienes quieran confirmar estos cálculos de las sesenta y nueve semanas (483 años) transcurridos, sigan por favor los siguientes pasos que se dan a continuación:

Desde el 5 de marzo del 444 a. C. hasta el 30 de marzo del 33 d.C. pasan 476 años de 365 días cada uno, que hacen un total de 173. 855 días.

(De hecho, exactamente el valor es: 365,24219879 días. Esta es la cifra exacta de un año solar contemporáneo, en otras palabras, por 365 días, 5 horas, 48 minutos, 45.975 segundos)

Añadan ahora los 25 días que hay entre el 5 de marzo del 33 d.C. al 30 de Marzo del 33 d.C. (el Domingo de Ramos; la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como Mesías 173.855 + 25= 173.880 días.

Si dividen estos días por el equivalente a los días de un año lunar, que son 360, obtienen ustedes los 483 años.

173.880: 360= 483 años lunares

Esta profecía se cumplió en el día exacto.

Cuando la Palabra nos da datos concretos, es porque esos datos son reales y no meras alegorías.




Como ya venimos diciendo, esos 483 años son las sesenta y nueve semanas (shabuim) de años que ya transcurrieron.

¿Y qué de la última shabua, es decir, la semana de años que todavía falta para completar las Setenta?

“Greenwich Royal Observatory”

Como todos sabemos, los seis puntos destacados por Gabriel (leer vers. 24) no se han cumplido todos sobre Israel y Jerusalén todavía. Podemos asegurar que la última semana de años que todavía no se ha cumplido, es la expresión pura de la misericordia de Dios sobre Israel, y la prueba indubitable de que la llamada “teología del Reemplazo”, la que enseña que todo lo referente a Israel pasó a la Iglesia y que Dios ya abandonó definitivamente a Su pueblo, es del todo falsa y absolutamente refutable.

Un poco de historia


Antes de entrar en todos esos asuntos tan sumamente importantes, consideremos el resto del versículo 26; “…y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones”

A modo de concesión, Gabriel de parte de Dios le informa a Daniel de algo que iba a ocurrir unos 600 años más tarde en Jerusalén. Nosotros ya lo sabemos por la historia, y el relato es el siguiente: En el año 68 d.C., Nerón había muerto. El nuevo emperador de Roma sería Tito Flavio Vespasiano, antiguo general del anterior finado césar.

Su hijo, también llamado Tito, por lo tanto príncipe, en el año 70 d.C. destruyó la ciudad y el templo. Más acertadamente, y tal y como lo reveló Gabriel, fue el pueblo de ese príncipe, es decir, el ejército romano, que por codicia, quemó el templo hasta que no quedó piedra sobre piedra (tal y como lo predijo el Señor - Lc. 21: 5, 6), para poder arrebatar el oro fundido. La destrucción fue total, y se cumplió lo profetizado por el Señor cuarenta años antes en el Monte de los Olivos, justo antes de ir a la cruz (ver Lc. 21: 20-24).

“La destrucción del templo de Jerusalén fue total. Como dijo el Señor, no quedó piedra sobre piedra”

Flavio Josefo, el historiador, en su “Guerra de los Judíos”, libro V, cap. 11, sección II, describe las colinas que rodean a Jerusalén tachonadas por miles de cruces hasta donde el ojo podía ver durante ese horroroso asedio a Jerusalén. Cuando el pueblo de Jerusalén, instigado por el odio de Satanás, increpaba a Pilatos diciendo de Jesús “que sea crucificado” (Mt. 27: 23), y “su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt. 27: 25), todo ello tuvo, aun sin ellos habérselo propuesto, un trágico y literal cumplimiento.

Irónicamente, con el botín del saqueo del templo de Jerusalén, Tito Vespasiano hijo financió la edificación del Coliseo romano, el tristemente célebre Anfiteatro Flavio en honor de su padre, el cual todavía se mantiene parcialmente en pie en Roma, el lugar de muerte y fornicación (esto último, bajo los arcos de dicha construcción), donde morían en su arena muchos cada día para divertimento del emperador, de los nobles, las vestales, y de la plebe. Esa maldición, fue en parte el resultado del adulterio espiritual de los judíos, y del rechazo de su Mesías (Lc. 21: 20-24)
“Ruinas del Coliseo romano, construido con el oro sustraído del templo de Jerusalén”

Nota: Consideremos que la muerte del Mesías y la destrucción del templo unos 40 años más tarde, son hechos no contemplados en el contexto de las Setenta shabuim, ya que dijo el arcángel: “Y después de las sesenta y dos semanas…” (v. 26), cuando todavía, y como veremos, quedarán siete años (una shabua) para completar las Setenta.

Escribe Scofield:

“La fecha de la crucifixión no se especifica, solamente se dice que sucederá “después” de las sesenta y dos semanas. La crucifixión es el primer evento mencionado en el v. 26. El segundo evento es la destrucción de la ciudad de Jerusalén, lo que se cumplió en el año 70 d. C.”

Podemos entender en todo ello, que la muerte del Mesías, fue un acto redentivo para toda la humanidad, no exclusivo para Israel.

4. La última shabua y el salto de 2000 años


“26 Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones”

Como vemos, ese “hasta el fin”, nos viene a decir que Jerusalén, no sólo iba a padecer en esa fecha del 70 d.C. sino que iba a sufrir devastación y guerra en lo sucesivo, como así fue. Hoy por hoy, Jerusalén sigue estando en el ojo del huracán de las naciones (Zac. 12: 2).

Por lo tanto la Escritura aquí parece estar diciendo que un período indeterminado de tiempo iba a suceder, a partir de la destrucción del templo, en el 70 d.C. como así ha sido, ya por 2000 años.

Recapitulemos. Con la venida poderosa del Espíritu Santo sobre aquellos 120 que oraban en el aposento alto en Jerusalén una vez el Señor fuera ascendido a los cielos, la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo empezó su singladura en este mundo (Hchs. 2)

Cincuenta y cuatro días atrás, cuando Jesús aquel domingo triunfal lloraba sobre Jerusalén, dijo textualmente: “He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor” (Lucas 13: 35)

Esa casa, era la casa de Israel. Dios declaró que la iba a abandonar en ese momento, y por dos mil años hasta ahora. En el plan redentivo de Dios estaba el llevar el Evangelio a todas las naciones, y hasta lo último de la tierra. Empezaba el tiempo de la Iglesia, la cual al principio estaba formada por creyentes judíos (Hchs. 2).

Israel, al poco, desapareció como nación territorial, siendo dispersado por todas las demás naciones, tal y como Moisés les advirtió (Deut. 28: 63-65), y muchos han creído que Dios terminó definitivamente con Israel, pero no fue así. Ahora Israel está en su tierra de nuevo, en Israel… ¡Gloria a Dios!

Démonos cuenta de que el Señor dijo: “…no me veréis, hasta que llegue el tiempo...”

¿Qué tiempo es ese al que Jesús hacía explícita mención? Indiscutiblemente, el tiempo que le resta a Israel y a Jerusalén para que Dios acabe la obra de bendición en ellas: Una semana de años; es decir SIETE AÑOS. Y ahí vamos…

(Daniel 9: 27) “Y por una semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador”

Hemos aprendido que de las Setenta Shabuim, es decir, de los 490 años determinados sobre Israel y Jerusalén, se han cumplido fehacientemente 483 años, lo cual nos indica que una shabua de años (7 años), todavía falta por cumplirse, como venimos diciendo.

Escribe Scofield:

“La duración de la semana septuagésima no puede ser sino de siete años. Hacerla más larga viola el principio de interpretación que se ha confirmado por la profecía ya cumplida. El v. 27 trata de la última semana”

Después de casi 2000 años de historia de la Iglesia, pronto Dios va a volverse a Israel de nuevo, como está escrito: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados”(Romanos 11: 25-27)

La verdadera Iglesia de Jesucristo, Su remanente santo que sólo Dios conoce, y conoce por nombre, está listo para ser sacada de este planeta (1 Ts. 4: 13-18 etc.) Cuando eso ocurra, el tiempo de la Iglesia en esta dispensación habrá llegado a su fin, e inmediatamente el tiempo para Israel y Jerusalén, interrumpido por 2000 años, se pondrá en marcha de nuevo…por siete años; los últimos siete.

Esos siete años, son la semana o shabua de la que habló Gabriel, “Y por una semana…”(Dn. 9: 27)

Escribe Sir Robert Anderson en su apreciado libro “El Príncipe que ha de venir” respecto a este período de tiempo concreto:

“…la irrefutable deducción es que los eventos de aquella semana pertenecen a una época aún futura…Tal era la creencia de la iglesia primitiva…Hipólito, obispo y mártir, que escribió a principios del siglo III, es bien definitivo a este respecto. Citando el versículo (Dn. 9: 27), él dice: “Por una semana él significaba la última semana, que tiene que ser al final de todo el mundo; de esta semana los profetas Enoc y Elías tomarán la mitad; porque ellos predicarán durante 1260 días, vestidos de saco” (*) (5)

(*) “Se refiere a la predicación de los Dos Testigos de Ap. 11”

Ahora bien, veamos más detalles sobre lo que ocurrirá en esa final semana de años que es parte de las Setenta anunciadas por Gabriel, de las cuales sesenta y nueve ya se cumplieron.

El príncipe que ha de venir


(v. 27) “Y por una semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda…”:

Si nos damos cuenta, el contexto es claro, en cuanto a que es un “príncipe que ha de venir” (9: 26) el que también hará otra cosa, en este caso: confirmará el pacto. Pero, ¿Cómo es eso posible si existen dos mil años de diferencia?, pues porque se trata de un príncipe romano también.

Escribe Scofield al respecto:

“El que “confirmará el pacto con muchos”, según el v. 27, es el “príncipe que ha de venir” mencionado en v. 26, y cuyo pueblo (el pueblo romano) destruyó el templo en el año 70 de nuestra era. El es el mismo personaje presentado como el “cuerno pequeño” en el capítulo 7”

Ese príncipe, por lo tanto, que pertenece a la realeza, que surge del contexto del Imperio Romano, llegará a ser el Anticristo que se ha de levantar (Ap. 13) una vez el remanente de Cristo ya no esté aquí.

Tanto Tito, como el que pronto se levantará en este mundo por breve tiempo, como el séptimo rey (ver Ap. 17: 10) tenían en común cuna, y rango real.

Esa cuna es el Imperio Romano, y es la actual Europa unida con su moneda única, el imperio romano renacido (ver Dn. 2: 40-44a; 7: 7, 8). Sabemos entonces por la Biblia, que el Anticristo provendrá de una monarquía europea, y en las venas de ese hombre de pecado, están todas las sangres de los reyes de Europa.

“Estatua representativa de Tito, el “príncipe que ha de venir”

¿Sabemos más? Sí, aunque sea gentil, tendrá también en sus venas sangre del linaje de David; ¿por qué? Entre otras cosas, porque de otra manera no podría ser aceptado por los rabinos judíos como su mesías, porque él se presentará como el Mesías de Israel. 

Por esa razón aludida, podrá “confirmar”, o “hacer que prevalezca” ese pacto de falsa paz entre Israel y sus enemigos de alrededor.

Como consecuencia inmediata, Israel empezará a poner en práctica de nuevo su religión, en su nuevo templo, en Jerusalén. Quizás deberá hacer concesiones a las naciones enemigas suyas que la rodean, y a cambio, podrá iniciar su religión judaica (Ap. 11: 1, 2)

Escribe Scofield al respecto:

“El hará un pacto con los judíos para restaurar los sacrificios del templo por una semana (siete años), pero a mediados de esta semana, romperá el pacto y cumplirá Dn. 12: 11; 2 Ts. 2: 3, 4”

En un principio, la Bestia Anticristo será recibido por Israel como el salvador de la nación, como el Mesías esperado. 

Ese “nuevo” Tito, el príncipe que ha de venir, no vendrá esta vez a destruir Jerusalén como la vez anterior, pero engañará a Jerusalén con promesas de paz y seguridad que no se cumplirán.

Ese pacto que debería durar siete años, será interrumpido hacia la mitad de esos años, y se ordenará a los judíos que cesen sus rituales de sacrificios, etc. ¡Será un jarro de agua fría! También interrumpirá la práctica religiosa judaica que posiblemente empezará una vez se construya el templo en Jerusalén.

Escribe Scofield:

“El v. 27 trata de los últimos tres años y medio de los siete que forman la semana septuagésima, y que son idénticos con la “gran tribulación” (Mt. 24: 15-28), el “tiempo de angustia” (Dn. 12: 1), y “la hora de la prueba” (Ap. 3: 10)”

La construcción de ese templo pudiera iniciarse en cualquier momento del comienzo de esos siete años, no siendo esa condición previa para que empiece la última shabua, la cual empieza con la confirmación de ese pacto de falsa paz entre Israel y los muchos que la rodean.

Inmediatamente, empezarán las “abominaciones” en masa. La principal de ellas será la profanación del lugar Santísimo del nuevo templo, por la presencia del desolador. Ese desolador, es en sí la Bestia Anticristo, que encarnará al príncipe (más detalle sobre esto en mi comentario sobre el libro de Apocalipsis, Ap. 13; y 17)

La Bestia Anticristo, muerta y “viviendo” de nuevo (Ap. 13: 3), se mostrará a Israel y al mundo entero como lo que realmente es, un monstruo, y se sentará en el lugar Santísimo del nuevo templo (ver Dn. 12: 11; Mt. 24: 15; 2 Ts. 2: 3b-4) a modo de su antecesor y tipo, Antíoco Epifanes o Epimanes IV en el 168 a.C. que sacrificó una cerda en el lugar Santísimo.

“Moneda acuñada en Antioquía, en tiempos de la dinastía Seléucida, entre 169 y 167 a.C., durante el reinado de Antíoco IV Epífanes. El anverso muestra el rostro de ese anticristo.

Entonces, al poco, empezará lo que la Biblia llama “La Angustia para Jacob” (Jer. 30: 7; Hab. 3: 16), pero como dice la misma Escritura, de esa angustia al final será librado el verdadero Israel, cumpliéndose así también las palabras del apóstol Pablo: “…ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo…”(Romanos 11: 25, 26)

(Daniel 9: 27 b) “Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador”

Ese “Nero redivivus” tendrá tres años y medio (Ap. 13: 5) (la segunda mitad de esa semana de años), para desarrollar su maldad, pero al final, será destruido por el mismo Señor Jesucristo en su venida gloriosa, y lanzado al lago que arde con fuego y azufre (Ap. 19: 20), esa es la “consumación” aludida, y al poco, se iniciará el Milenio, ¡el Reino que muchos equivocadamente creen que esahora!


5. Los Dos Días


“Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3: 8)

Desde Abraham hasta Jesucristo fueron dos mil años. Curiosamente también, desde Adán a Abraham fueron dos mil años. Y curiosamente también desde Jesucristo hasta nuestros días son también dos mil años… Hacen un total de seis mil años. Para Dios mil años es como un día (2 Pr. 3: 8), así que tenemos los seis días cumplidos ya. Ahora la Palabra nos dice que al séptimo día Dios reposó (Gen. 2: 3), esto se corresponde con el Milenio.

Podemos ver con extrema claridad que Dios tiene prefijado el orden de los tiempos (Hchs. 17: 26), de modo que todo ocurre de forma exacta conforme fue dispuesto por Él desde antes de la fundación del mundo, y todo se cumple al detalle conforme a Su agenda.

Dios determinó un tiempo de dos mil años de exclusión de Israel de su tierra a causa de su desobediencia y rechazo del Mesías. Veámoslo.

(Oseas 6: 1, 2) “Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él”

Esos dos días son dos mil años. Esos dos mil años de castigo para Israel, se corresponden con los cuarenta jubileos que el pueblo de Dios jamás cumplió (Levítico 16: 1-34, y 25: 9, 10). En toda su historia, no existe ninguna evidencia de que Israel haya observado nunca el Año Sabático de la tierra, o el Año sagrado del Jubileo, dejando descansar la tierra por completo, en obediencia al mandato de Dios.

Ahora bien, cada jubileo consta de 50 años; 40 jubileos son entonces ¡2.000 años!

40 X 50= 2.000 años.

Calculando en años lunares o bíblicos, que son de 360 días, desde el 33 d. C. cuando Cristo anunció que la casa de Israel iba a quedar desierta por tiempo, a fecha de hoy, año 2014, han pasado han pasado 2.008 años lunares. Veámoslo:

Del año 33 d.C. al 2014 d.C.=1980 años solares (del 1 a.C. al 1 d.C. va un solo año)

1980 x 365,24219879= 723.179 días

723.179: 360 = 2008 años lunares

Durante dos mil años, la tierra de Israel ha estado sin Israel en su tierra. La deuda ha sido saldada. La prueba la tenemos en el hecho de que Israel es de nuevo una nación, y eso ocurrió en un solo día, el 14 de Mayo de 1948, como también fue profetizado:

“¿Quién oyó cosa semejante? ¿quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sion estuvo de parto, dio a luz sus hijos”(Isaías 66: 8)

La Biblia enseña que Israel no iba a desaparecer para siempre, pero eso sí, iba a desaparecer como nación de forma momentánea, volviendo de nuevo a ser nación con su territorio (Joel 3: 20, 21; Zac. 14: 11, etc.). Ahora es nación muy secularizada, como de “huesos secos” (leer, Ezequiel 37: 1-3), pero en ellos, en su día, entrará espíritu (Ez. 37: 5 ss.

Al tercer día


Oseas 3: 4, 5 “Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines.Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días”

Esos muchos días son dos mil años, y al tercer día, volverá a la vida:

(Oseas 6: 1, 2) “Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él”

Esta profecía no sólo tuvo su cumplimiento en Cristo en cuanto a que resucitó al tercer día, sino que también lo tendrá en Su pueblo primigenio, el cual volverá a la vida también al tercer día, es decir, después de esos 2.000 años de alejamiento de Dios. Ese tercer día es el que le sigue a esos dos, de herida y abandono. El mismo Dios lo asegura del siguiente modo:

(Oseas 5: 15) “Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán”

Cristo se fue y les abandonó yéndose al Cielo, pero volverá cuando reconozcan su error y pecado, y eso será en tiempos de angustia, la mencionada “Angustia para Jacob” (Jer. 30: 7), al final de esa semana de años, la última shabua.

Y sólo a través de Jesucristo, en hebreo: Yeshua Ha Mashiach


Así pues, la semana de años que resta para cumplirse para Israel y Jerusalén, puede empezar en cualquier momento. Tiempo de trato de Dios para Israel, y tiempo de juicio para el mundo, como jamás lo ha conocido antes (Mt. 24: 21; Ap. caps. 13-19, etc.). Al final de esta última shabua, “todo Israel será salvo” (Romanos 11: 26), porque habrán entendido y creído en ese momento que Jesús de Nazaret es el Mesías y Salvador.

Sin excepción alguna, todos los que sean salvos, lo serán únicamente a través de Yeshúa Ha Mashiach, Jesucristo, porque en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos, y eso incluye también a todos esos benditos judíos del final de esta dispensación (Hchs. 4: 12; Zac. 12: 10; 13: 1, etc.)

Cuando finalicen esos siete años, lo se llama también la Tribulación, volverá glorioso el Señor, el León de la tribu de Judá, y con Él, gloriosa, la Iglesia (Ap. 5: 5; 19: 14; Zac. 14: 5 etc.), e Israel entrará en el Milenio, presidiendo las naciones que queden, y recibiendo así el cumplimiento del resto de todas las promesas que Dios le dio, principiando con Abraham.

Obvia decir que este mundo perverso, tal y como lo conocemos, habrá terminado para siempre, y el “Nuevo Orden Mundial” que tan afanosamente en la actualidad están preparando sus adeptos con tanto inútil esfuerzo, habiendo logrado levantar al hijo de perdición, acabará junto con aquél. (Ap. 6: 12-17; 2 Ts. 2: 3, etc.)

El Señor está a las puertas para recoger a Su Amada, la Iglesia, y así recomenzar con Israel. Preparen sus corazones.

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